martes, 3 de enero de 2012

EL VELERO DE EROS


1.


Me pidió mi amada que escribiera un relato erótico y estuve considerando la idea durante algún tiempo sin encontrar la manera de abordar el asunto. Digo bien, “abordar” porque era como subir a una embarcación para realizar un viaje y sólo hay dos cosas en la vida que me gusten más que viajar. Escribir es una de ellas y hacer el amor la otra, por lo que el viaje que mi amada me proponía relatar se parecía a un bouquet compuesto de mis flores favoritas. Mi amada, por cierto, es una enamorada de las flores, en particular de las orquídeas, y muchas de las imágenes que guardo del comienzo de nuestro romance se relacionan con los colores, formas y perfumes de flores que participaron de manera cómplice en los primeros momentos de la danza apasionada y sensual que fue nuestro encuentro. Nos gusta pensar en esa coreografía adoptando los papeles de una mariposa y un príncipe que se aproxima a ella furtivamente en mitad del bosque: lo que ocurre a continuación es muy simbólico y también muy erótico, por lo que yo contemplaba la embarcación de la crónica del viaje erótico desde el muelle con un deseo enorme de subirme a ella…pero no lo hacía.

Me quedaba allí contemplando las hermosas formas de nuestro velero rojo, cuyo nombre todavía no estoy todavía autorizado a revelar, y no me decidía a dar el salto y soltar amarras. No supe por qué me sucedía esto sino al cabo de muchas meditaciones.
Hoy, mientras escribo, todavía no siento que esté listo para zarpar, pero confío en que las palabras que voy enhebrando en este collar que quiero colocar a mi amada en el cuello desnudo cuando estemos ya en medio del mar, a solas con el cielo, el viento y los pájaros marinos, sirvan para empujarme a dar ese paso que falta. Y falta porque se me presenta un problema de navegación sobre el que vengo pensando desde el primer día y aún no resuelvo. Trataré de explicarme con palabras sencillas aunque el asunto sea complejo y delicado.

Los relatos sirven para ser leídos y se tiene la costumbre de publicarlos, lo que equivale a hacerlos públicos. Hacer pública una cosa es ponerla a la vista del que quiera verla y poner a la vista, como en una vitrina, los detalles íntimos de nuestros juegos amorosos es algo que asusta y excita a la vez. Es verdad que podría el escritor narrar en términos de ficción y referirse a la experiencia como si  fuera la de personajes creados por él, pero esto restaría verdad y por la misma razón restaría erotismo al relato. No quiero contar una historia erótica cualquiera sino nuestra historia, porque no hay otra más erótica que ésta para mí y porque si contara la de dos enamorados ficticios me sentiría como un voyeur con intenciones de paparazzi literario. Claro está que eso mismo pasaría, o pasará, con los lectores que sigan estas líneas hasta el final y participen en silencio y en secreto en las aventuras eróticas de mi amada y mías, con lo que creo que he expresado suficientemente la contradicción – o la paradoja, si prefieren llamarla así- en que me encuentro.

El desenlace no dependerá de mí sino de mi amada, que al recibir y leer esto tomará la decisión de mantenerlo para si como un tesoro íntimo o colocarlo entre los escritos que comparte con sus amistades en el Facebook; desde ese momento nuestro velero tomará rumbos que desconozco, impulsado por los impredecibles vientos y las misteriosas mareas de la Web. No sé si esto ocurrirá o si haremos el amor anclados en el muelle, sin necesidad de levar anclas, amparados por la noche en nuestro camarote, al abrigo de miradas indiscretas.
No he revelado ninguna intimidad todavía pero me muero por hacerlo. Imagino a esas personas que lean y se hagan una idea de la manera en que nos amamos y no sé qué cosas pasarán por sus mentes; la idea de hacer el amor en público habita en las fantasías de casi todos los amantes.



Mi amada es una mujer bella y bastante desvergonzada, que disfruta desnudándose en cualquier ocasión  y que me dijo, poco después de conocerme, que al llegar a su casa se había quitado la ropa para pensar en mí. Yo la escuchaba, sentado frente a ella en la mesa del restaurante al que la había invitado a almorzar y comprobaba que estaba experimentando una erección que sólo podía disimular quedándome quieto en mi silla, con las manos juntas y quietas también, mirándola a los ojos para descubrir con qué propósito me contaba aquello. Recuerdo su boca, que hablaba y reía con desparpajo, mientras yo tomaba la difícil decisión de levantarme para acercarme y sentarme junto a ella, con el gesto natural, o aparentemente natural, de un interlocutor atento e interesado en el asunto del que le hablan. Pero no podía, como he dicho, porque se haría evidente para ella – y eventualmente para nuestros vecinos de mesa y para los meseros- lo que ocurría dentro de mis pantalones. Opté – y todavía me pregunto si fue cobardía- por levantarme con disimulo y de costado pidiendo permiso para ir al baño. Cuando había dado un par de pasos, con el gesto rápido que uno aprende en la adolescencia, introduje mi mano subrepticiamente y logré subsanar momentáneamente la situación. Creo que un mesero que se acercaba me vio, pero logré que ella no se diera cuenta, como supe más tarde cuando le relaté la escena ya en una situación más abierta y mas libre y tuve que darle detalles precisos para que me creyera, porque estas cosas se cuentan y no se creen. Estas y muchas otras que han ocurrido entre ella y yo y que ahora estoy contando para que quienes las lean piensen que es ficción y que no soy más que un escritor aburrido que dedica su tiempo a relatar fantasías eróticas en primera persona para fingir que tiene una vida sexual intensa. Porque ese es el otro riesgo de la situación paradójica de que hablaba antes: he dictado talleres de escritura y casi siempre se encuentra uno con algún participante que opta por dedicar sus esfuerzos a redactar largas y tediosas crónicas supuestamente eróticas que hacen que sus condiscípulos piensen que está tratando de alardear o de impresionar con sus hazañas supuestamente verídicas con el propósito de ligar compañera o compañero después de clases.
Generalmente consigue todo lo contrario, porque las chicas – si el participante es un chico- se dicen en susurros que aquello es pornografía barata y que el tío debe ser seguramente un onanista empedernido.
Sigo adelante  y que se ella quien tome el mando del velero. Es rojo, como dije, porque ese es el color favorito de mi amada y porque el bote lleva su nombre. Lo hemos construido juntos y ella se ha ocupado de decorarlo, porque es una exquisita decoradora que encuentra siempre un detalle perfecto para dar ambiente y belleza a los lugares. Aunque no siempre los lugares en que nos hemos amado han sido decorados por ella. Nos hemos encontrado en un hotel, como la primera vez, en un coche estacionado en el sótano de un edificio (en esa ocasión tuvimos que lidiar con otro voyeur, esta vez un vigilante) y en muchos otros sitios, incluida la cama donde dormimos juntos a en la casa que habitamos, porque mi amada y yo decidimos un día habitar juntos sin dejar de considerarnos los amantes que somos.



La diferencia entre narrar lo vivido y ficcionar, para volver sobre el aburrido asunto literario por última vez antes de hacernos a la mar, es que en el primer caso, que es éste en el que estamos, es que mientras escribo voy sintiendo o imaginando lo que ella sentirá cuando lea y eso acrecienta para mí las sensaciones eróticas que ella despierta en mí constantemente. Ahora mismo, con mis manos colocadas sobre el regazo donde descansa mi laptop, pienso en ella y voy experimentando una serena pero definitiva erección. La imagino en la cama, cubierta por las sábanas que protegen su sueño y me introduzco en silencio y en secreto debajo de ellas, como un duende discreto pero curioso, para recorrer sus pies, sus piernas, sus caderas, su cintura, en un vuelo sutil como de brisa tibia, hasta llegar a sus pechos. ¿Debo mostrar esos pechos  y decir que son más hermosos aún que las orquídeas que adornan su balcón? Temo que mis lectores – si es que tengo lectores- sentirán una enorme envidia cuando les cuente cómo los acaricio y cómo paso por ellos mi lengua apenas húmeda, dibujando el contorno de los pezones y recorriendo luego el pecho y el cuello y los diminutos lóbulos de la orejas que sienten cosquillas dulces cuando los exploro mientras mis manos buscan su espalda y se deslizan hasta lugares recónditos donde un dedo atraviesa el umbral de una gruta húmeda, rodeada de helechos oscuros, y se aventura en su interior. Otro dedo, como compañero de exploración, está entrando por la abertura opuesta de la misma caverna y siento como ella se deja penetrar y recibe a los intrusos observando con atención sus movimientos. Mi boca, para agregar al momento un color adicional, recorre ahora su vientre, y voy cambiando de posición y girando en torno a ella hasta que su boca se encuentra frente a frente con el visitante mayor, que espera ansioso a que sus emisarios hayan terminado su labor exploratoria para entrar él mismo por las puertas, que ya se han abierto de par en par y se han humedecido totalmente, como flores que se entregan al rocío y despliegan sus pétalos por amor absoluto a la vida.



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